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Soy María del Rosario Goñi. Licenciada en crítica de artes, egresada de la Universidad Nacional de las Artes. Me especializo en Teatro. Bienvenidos a mi blog.

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Teatro

URÓBORO

febrero 15, 2026
8 veces leido

Los pilares de la sociedad. Dramaturgia de Henrik J. Ibsen. Dirección de Jorge Suárez y Eduardo Gondell. Elenco: Martín Seefeld, Eleonora Wexler, Mara Bestelli, Gerardo Chendo, Edgardo Moreira, Pablo Finamore, Antonia Bengoechea, Alfredo Castellani, Daniela Catz, Susana Giannone, Gilda Scarpetta, Agustín Suárez, Lolo Crespo, Fernando Sureda, Luis Longhi, Donata Girotti. En Teatro Presidente Alvear (Av. Corrientes 1659, CABA). Funciones: miércoles a sábados, 20 horas. Domingos, 19 horas.

Los pilares de la sociedad, escrita por Ibsen en 1877, inaugura el llamado realismo crítico. El autor disecciona la moral de su tiempo y desnuda la hipocresía social y los abusos de poder encarnados en figuras que aún nos resultan familiares. Karsten Bernick (Martín Seefeld) es su emblema: ambicioso empresario, heredero de un astillero y Alcalde del pueblo. Admirado por su prédica intachable y su defensa de los valores familiares, sostiene una fachada cuya respetabilidad es apenas un barniz. Detrás, laten secretos que la obra revela con precisión quirúrgica.

Bernick impulsa la llegada del ferrocarril, celebrada como promesa de progreso y prosperidad. En ese contexto regresan, tras años en Norteamérica, sus cuñados Lona Hessel (Eleonora Wexler) y Johan Tonnesen (Gerardo Chendo), emigrados en busca de un aire menos viciado. Wexler construye el contrapunto exacto del protagonista: Lona irrumpe como fuerza de choque, rompe las normas de época —viste pantalones, bebe, ríe sin pudor— y encarna la némesis destinada a ventilar lo oculto del ilustre pilar social.

Betty Tonnesen (Mara Bestelli), esposa de Bernick, traza el arco más hondo: de la sumisión a la rebeldía. Con un registro austero y contenido, conmueve al exponer la violencia silenciosa que modela la femineidad. También destaca Marta Bernick (Susana Giannone), hermana soltera del Alcalde, dueña de una de las escenas más intensas, cuando reclama a Johan con firmeza por un amor frustrado. El humor encuentra cauce en el diácono (Pablo Finamore), con su barroca prédica moral, y en Hilmar Tonnesen (Edgardo Moreira), tío ocioso que alimenta el chisme como deporte social.

La escenografía de Marlene Lievendag y Micaela Sleigh recrea la casa de una burguesía acaudalada: muebles de estilo y, como escudo heráldico, una serpiente que se muerde la cola, el uróboro. Símbolo ancestral del ciclo eterno —vida, muerte, renacimiento—, preside la escena como clave de lectura. El vestuario de Laura Singh acompaña con elegancia la opulencia de época: sobriedad para el Alcalde, tonos fríos y nudes para la esposa, impronta varonil para Lona, la mujer que desafía el orden.

El debut de Suárez en codirección con Gondell evidencia una minuciosa recreación de época y un perfil nítido de cada personaje. El lenguaje ha sido ajustado para dialogar con la actualidad sin perder espesor. La adaptación, a cargo de Suárez junto a Juan Carlos Fontana, Martín Seefeld y Carolina Solari, condensa en dos horas un texto originalmente más extenso, sosteniendo el pulso dramático e incorporando guiños a la coyuntura política como interrogantes punzantes.

Una producción que honra al Complejo Teatral de Buenos Aires al recuperar una dramaturgia intacta en su vigencia. El uróboro, expuesto como emblema, recuerda que los conflictos que tensan el nudo dramático —más allá de geografías— permanecen incólumes. El abuso de poder y los negociados que benefician a unos pocos siguen siendo moneda corriente. El final propuesto distorsiona el sentido ideado por Ibsen: acaso porque su resolución resulte utópica; acaso porque ese sea, todavía, el destino circular de los pilares de la sociedad.

Crédito de imágenes: Carlos Furman.

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